Elías León Siminiani: «El true crime debe servir para hablar de la sociedad, no solo del crimen»
El cineasta participó en la décima edición de VillaNoir, en Villanúa, para analizar los casos Asunta y Alcàsser y reflexionar sobre el tratamiento mediático de los sucesos. Defiende la investigación rigurosa y el respeto a las víctimas frente al sensacionalismo.
El cineasta Elías León Siminiani fue uno de los protagonistas de la décima edición de VillaNoir, el Encuentro Pirenaico de Género Negro celebrado este fin de semana en Villanúa. El director, reconocido por trabajos como El caso Asunta, El caso Alcàsser y 800 metros, participó en una mesa dedicada al true crime, un género que ha ganado protagonismo en las plataformas audiovisuales y que plantea importantes interrogantes sobre los límites de la reconstrucción de crímenes reales.
Para Siminiani, el interés de estas historias va mucho más allá de descubrir qué ocurrió. Sus trabajos buscan utilizar el crimen como punto de partida para analizar aspectos de la sociedad, desde la influencia de los medios de comunicación y los juicios paralelos hasta los procesos de radicalización. En esta entrevista con Pirinews.es, explica cómo aborda la investigación, qué condiciones debe reunir una historia para convertirse en documental y por qué considera fundamental alejarse de la truculencia.
VillaNoir celebra su décima edición en Villanúa, un pequeño municipio del Pirineo. ¿Qué le parece que encuentros culturales de este tipo se organicen en localidades rurales?
Me parece genial. Son sitios remotos para quienes venimos de fuera, pero el escenario es muy adecuado. Está muy bien que haya encuentros en lugares rurales y pequeños que hagan que gente de toda España tenga que venir y se produzca un intercambio. Me parece una iniciativa maravillosa.
Usted ha trabajado en varias producciones de true crime. ¿Qué le atrae de las historias criminales y qué busca cuando decide contarlas?
He hecho cuatro series, de las cuales tres se pueden considerar true crime, aunque 800 metros, sobre los atentados yihadistas de las Ramblas de Barcelona y Cambrils del 17 de agosto de 2017, no es exactamente un true crime.
Cuando abordamos historias como el caso Asunta o el caso Alcàsser, siempre hemos intentado que el crimen sea la percha para contar algo más. Por un lado, está el relato criminológico, pero al mismo tiempo buscamos algún aspecto de la sociedad de ese momento que nos permita ampliar el foco y hablar de cuestiones que van más allá del propio suceso.
En El caso Asunta nos interesaba especialmente el crimen mediático y el juicio mediático. Cuando empezamos a investigar, la opinión pública ya tenía una posición muy definida sobre Rosario Porto y Alfonso Basterra. Nos preguntábamos qué grado de imparcialidad puede haber en un jurado sometido a una fuerte presión mediática y social, y qué posibilidades reales existen de impartir justicia cuando un caso llega tan cargado a juicio.
En El caso Alcàsser, que fue uno de los puntos de partida de lo que después se llamó telebasura, nos interesaba la utilización del dolor, su espectacularización y la revictimización. Es un caso emblemático para analizar la relación entre los medios de comunicación y el sufrimiento de las víctimas.

¿Cómo decide que una historia real merece convertirse en una serie o un documental?
Hay muchísimas historias que podrían contarse. Para mí, uno de los primeros factores es el acceso a las fuentes y a los protagonistas, a lo que podemos llamar el núcleo íntimo de la historia: las víctimas, los responsables, sus entornos y también las personas que han intervenido en el proceso judicial, como abogados o fiscales.
Otro aspecto importante es saber si el caso está juzgado y si existe una verdad legal firme. Eso condiciona mucho el acceso a fuentes relevantes, tanto de la investigación judicial como del ámbito personal, familiar o social. Si no siento que hay una base de investigación seria y potente, paso. No me interesa.
Después está el factor humano y la propia naturaleza de la historia. Hay casos que, por quienes están implicados o porque representan algo más amplio, tienen un interés especial. Con el tiempo he aprendido que el acceso y la posibilidad de desarrollar una investigación larga y rigurosa son los que permiten llegar a un resultado interesante para el espectador y que pueda aportar algo a la sociedad.
En casos tan mediáticos como el de Asunta o el de Alcàsser, ¿resulta difícil acceder a las fuentes y separar la información contrastada de todo lo que se ha dicho sobre ellos?
Depende de muchas cosas: de si la instrucción es abierta o secreta, del tiempo que haya pasado desde el crimen y de la voluntad de las familias o de otras personas de participar.
En el caso Asunta y en el de Alcàsser tuvimos acceso al sumario completo. En el caso Alcàsser, sin embargo, al tratarse de un suceso de hace 30 años que ha generado muchísima literatura, resulta muy difícil distinguir lo que es real de lo que no lo es, incluso cuando hablamos de documentos que se presentan como pruebas.
Ahí la labor periodística es muy importante. He tenido la suerte de trabajar con periodistas muy buenos, especializados en el ámbito judicial o con acceso a determinados entornos. En 800 metros, por ejemplo, pudimos trabajar con una investigadora que llevaba cuatro años estudiando la radicalización en pequeños pueblos del norte de Cataluña. Su conocimiento previo y su acceso a determinados ámbitos fueron fundamentales para la serie.
El acceso a las fuentes es una cuestión que hay que estudiar en cada caso. A veces existe una voluntad de hacer justicia; otras, de corregir a través de un relato mediático lo que se considera una injusticia. También puede haber una voluntad de olvidar y pasar página.
¿Cómo se mantiene la tensión narrativa sin caer en el sensacionalismo?
Yo vengo también de la construcción de guiones de ficción y del relato de no ficción. Al final, se trata de aplicar las normas clásicas de la dramaturgia.
El caso Alcàsser, por ejemplo, tiene muchos puntos de giro y suceden muchas cosas una detrás de otra que hacen que la historia resulte interesante. Pero, para mí, la clave está en desnudar el relato de todo lo que lo rodea.
En El caso Asunta propusimos a los testimonios hacer una especie de tabla rasa, como si el crimen hubiera sucedido el día anterior. Les pedíamos que reconstruyeran qué estaban haciendo, dónde se encontraban y qué ocurrió a partir del momento en que recibieron una llamada o tuvieron conocimiento de los hechos. Intentábamos recorrer el camino de cada persona en presente, como si nos transportáramos allí.
Cuando consigues reconstruir ese relato sin toda la carga que ha acumulado después, puedes valorar mejor si tiene interés narrativo, si suceden cosas y si existen giros que permiten mantener la atención. El objetivo es que la tensión surja de los propios hechos, no de añadir truculencia.
¿Investigar estos casos le ha hecho cambiar su percepción sobre la justicia?
Sí, sobre todo me ha permitido conocer mejor cómo funciona la justicia. Me llama mucho la atención que, al final, las sentencias se construyan a partir de relatos. La propia instrucción es un relato: el juez instructor establece cómo cree que sucedieron los hechos.
Ese relato siempre tiene agujeros. Si no los tuviera, no haría falta juzgar porque ya sabríamos lo que ocurrió. Me sorprende cómo impartir justicia tiene que ver con la confrontación de dos relatos y con que alguien considere más convincente uno que otro.
Es una especie de pacto que nos hemos dado como sociedad para decidir cómo se hace justicia. Me resulta interesante observar hasta qué punto la capacidad intelectual, la habilidad y la forma de argumentar pueden influir en que alguien sea declarado culpable o inocente. No diría que me haya horrorizado, pero sí me ha sorprendido entender que el sistema funciona de esa manera.
¿Qué casos criminales españoles cree que todavía merecerían ser contados desde una perspectiva diferente?
Hay varias historias que me interesan. Una es todo lo que rodea al 23-F y al atraco al Banco Central de 1981. Me parece fascinante explorar si existió alguna relación entre ambos hechos, que ocurrieron con apenas unos meses de diferencia, y profundizar en su trasfondo político y sociológico. Las adaptaciones que se han hecho del atraco suelen centrarse en lo espectacular de la situación, los rehenes y la operación policial, pero hay otras cuestiones que podrían analizarse.
También me parece interesante el juicio de la colza, porque marca un antes y un después en los estándares de calidad y seguridad alimentaria en España. Y el caso Fórum Filatélico, por su relación con las estafas piramidales.
Por último, me interesa la propia teoría de la conspiración. ¿Por qué existe esa necesidad de buscar explicaciones alternativas cada vez que sucede algo importante? En España tenemos grandes conspiraciones vinculadas al 23-F, al caso Alcàsser o a la Transición. Ese mecanismo social de buscar una explicación distinta de la oficial me parece muy interesante.
¿En qué está trabajando actualmente?
Estamos terminando un documental sobre incendios forestales. Llevamos tres años trabajando en él, lo hemos producido nosotros y cuenta con la participación de Movistar. Esperamos estrenarlo en primavera. Es un tema muy actual y, de hecho, hemos estado trabajando también durante este verano en esta zona, como en San Juan de la Peña.



