Ordesa

No tengo claro si Manuel Vilas, autor barbastrense, cuando escribiera “Ordesa” pudo soportar sin que le hiciera mella toda la carga de emotividad y el dolor que esos recuerdos que vuelca en sus páginas y que son tan suyos como de cualquier lector que se atreva a repasar la relación y los afectos con los padres o con todo aquello que constituye su presente, su pasado y quizás su futuro.
Es pues este libro una catarsis de todo aquello que fuimos, que deberíamos haber sido o de lo que seremos. Es una reflexión en voz alta sobre el hecho incontestable de que somos testigos de nuestra historia, que somos conscientes de nuestro devenir en este mundo, de relaciones y afectos vividos conscientes o inconscientemente. De lo vivido y lo dejado de vivir, de lo dicho y lo nunca pronunciado.
Nuestra historia, su historia, es importante y Manuel Vilas la recrea, la repite, nos la hace vivir y sufrir.
Me unen muchos lazos afectivos con Barbastro y he recorrido sus calles y he visto los amigos y he imaginado las aventuras y desventuras de los personajes que nos llegan al alma leyendo las páginas de “Ordesa”
Leyendo este último capítulo que he fotografiado y que muy bien podría haber sido el primero, queda perfectamente resumida esta novela, o bien leyendo estas líneas que trascribo:
“Puede que un hombre acabe al final por enamorarse de su propia vida. Eso es lo que está pasando, me lleva pasando desde hace unos meses. Mi alma vuelve a las regiones de la ebriedad del enamoramiento. La ebriedad la llevas de nacimiento. Lo que no podía imaginar es esta reconciliación conmigo mismo. Igual eso fue lo que encontró Rachma: que estaba mucho mejor solo que con familia. Porque puede que al final quien acabe derrotada sea la soledad. Y puede que al final descubras que el único ser humano que no es un coñazo absoluto eres tú mismo.”
Pedro Pérez, Librería General de Jaca



