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¿Sabremos salvar nuestro patrimonio?

El Monasterio de las Benitas reabre el debate sobre la conservación del patrimonio en Jaca y la necesidad de su protección como Bien de Interés Cultural.

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En Jaca y en la comarca de la Jacetania existe un patrimonio material e inmaterial de enorme valor. Sin embargo, uno de sus enclaves más significativos, el Monasterio de Santa Cruz de las Benitas, se ha convertido en símbolo de una pregunta más amplia: ¿realmente sabemos conservar aquello que nos define como comunidad?.

Quien firma estas líneas no es historiador, jurista ni arqueólogo, sino un ciudadano de Jaca preocupado por dar a conocer la riqueza del conjunto monástico de Las Benitas. Porque solo desde el conocimiento nace el amor por el patrimonio, y únicamente desde ese amor es posible su defensa.

¿Por qué se establecieron allí las benedictinas? ¿Qué relevancia tiene el edificio que habitaron? ¿Posee el conjunto la entidad suficiente para ser declarado Bien de Interés Cultural?.

Las respuestas se apoyan en las alegaciones presentadas por la Asociación Sancho Ramírez ante la resolución de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Gobierno de Aragón. Desde el inicio del proceso se ha defendido que el complejo monástico-palacial constituye un conjunto único, tanto por su patrimonio material como inmaterial, y que debería recibir la máxima protección legal.

El traslado de la comunidad benedictina a Jaca fue una decisión de Felipe II, quien ordenó en el siglo XVI su instalación en el solar del antiguo palacio de los reyes aragoneses, junto a una iglesia ya existente. Para ello, el concejo de la ciudad hubo de endeudarse con el fin de sufragar la construcción del nuevo monasterio. Tras sus muros se asentó la comunidad procedente de Santa Cruz de la Serós, considerada hasta su reciente fusión con las benedictinas de Alba de Tormes como la institución viva más antigua de Aragón.

El valor del enclave no se limita a lo visible. El solar donde se ubica el monasterio corresponde al núcleo original del poblamiento prerromano, datado en el siglo II a.C., lo que le confiere un extraordinario potencial arqueológico. Este interés se ve reforzado por hallazgos cercanos, como los realizados en el entorno de los Escolapios, donde se documentaron restos de épocas prerromana y romana.

En el interior, la iglesia de San Ginés esconde bajo sus muros distintas capas de historia, desde la capilla palatina medieval hasta el templo adaptado a la vida monástica en el siglo XVI. Según los estudios del arqueólogo y medievalista Alberto Gómez, su cripta pudo tener inicialmente funciones civiles o militares. En ella, además, se celebraban actos de gran relevancia institucional, como el juramento de cargos del concejo de Jaca cada 6 de enero, la misma fecha en que los miembros del Consell de Cent barcelonés, creado a imitación del Concejo de Ciento de Jaca, juraban sus cargos.

El patrimonio mueble del monasterio resulta igualmente notable. Destacan el sarcófago de doña Sancha, las pinturas murales del siglo XIII, la escultura románica de San Salvador o el singular báculo atribuido a Gerónima Abarca, pieza única en Aragón. A ello se suma el retablo de San Benito y el órgano construido en 1752 por Ramón de Tarazona, el más antiguo de Jaca.

Archivo

El informe de los técnicos de la Diputación General de Aragón destaca el valor excepcional del archivo documental del monasterio. Entre sus fondos destacan un antifonario del siglo XII y un conjunto único en Aragón de 203 cartas de profesión monástica, elaboradas entre los siglos XVI y XX. A este legado se suma documentación procedente del Monasterio de San Juan de la Peña, probablemente trasladada a Jaca por su último abad, Pascual Ara. Todo ello conforma un conjunto documental y bibliográfico de importancia capital para la historia aragonesa.

La contribución de la comunidad benedictina a la ciudad no fue solo patrimonial. En 1869 abrió el primer colegio para niñas de Jaca, facilitando el acceso a la educación básica. Desde entonces y casi ininterrumpidamente hasta 2011 las monjas mantuvieron su labor educativa y gestionaron también una residencia para jóvenes.

Ante este panorama, surge una cuestión clave: ¿tenemos algún ejemplo cercano de cómo se puede gestionar un Bien de Interés Cultural con éxito? La respuesta es simple: sí. La Ciudadela de Jaca, gestionada mediante un consorcio integrado por diferentes instituciones, ha demostrado en los últimos años que es posible mantener la propiedad de los titulares originales, dinamizar el monumento y abrir al público un Bien de Interés Cultural sin perder su esencia.

Siguiendo ese ejemplo, la Asociación Sancho Ramírez propone la creación de un consorcio o fundación que permita gestionar el patrimonio del monasterio, garantizando su conservación y facilitando su acceso a la ciudadanía.

La pregunta final queda abierta: ¿es esta la fórmula para salvar, conservar y compartir nuestro patrimonio? La respuesta dependerá tanto de las decisiones institucionales como del compromiso de la sociedad. En todo caso, desde la Asociación Sancho Ramírez estamos convencidos de que, sea cual sea la fórmula finalmente elegida, la conservación del monasterio pasa por su declaración como Bien de Interés Cultural.

Porque el futuro del patrimonio no se decide solo en los despachos, sino también en la conciencia colectiva de quienes lo consideran parte de su identidad.

 

                                                                                              Francisco González Puértolas

                                                                                           Asociación Sancho Ramírez


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