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El camping Las Nieves de Biescas, 30 años después de la tragedia: un lugar marcado por la memoria

Treinta años después de la riada, el antiguo camping de Biescas sigue siendo un lugar de recuerdo y memoria.

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Treinta años después, el silencio vuelve a ocupar el lugar donde aquella tarde del 7 de agosto de 1996 el agua, las rocas y el barro arrasaron el camping Las Nieves de Biescas. Este viernes se cumple el 30 aniversario de una de las mayores tragedias ocurridas en el Pirineo aragonés, una riada que acabó con la vida de 87 personas y dejó una profunda huella entre los supervivientes, los familiares de las víctimas y toda la sociedad.

Hoy, el antiguo camping es un espacio completamente diferente. El césped, las tiendas y las caravanas han desaparecido y el lugar permanece tranquilo, prácticamente vacío. El Parque Memorial Camping Las Nieves, con el monolito que recuerda los nombres de las 87 personas fallecidas, es ahora el principal punto de referencia para quienes se acercan hasta allí.

Y en los días previos al aniversario, algunos curiosos se acercan hasta el recinto. Caminan por la zona, observan el monolito y el entorno y tratan de imaginar cómo era aquel camping que, hace tres décadas, estaba lleno de familias que disfrutaban de sus vacaciones de verano.

Entre quienes han regresado este jueves hay alguien para quien aquel lugar no es solo un espacio de memoria. Es el escenario de uno de los episodios más traumáticos de su vida.

Paco vuelve solo a Las Nieves

Paco ha conducido este jueves desde Valencia hasta Biescas. Lo ha hecho solo y sin contárselo a su familia. Quería regresar al antiguo camping cuando se cumplen 30 años de la tragedia y comprobar cómo es hoy el lugar en el que estuvo a punto de perder la vida junto a sus hijos. “No les he dicho ni tan siquiera que estoy aquí. Me apetecía venir solo”, explica.

Paco tenía 46 años aquel verano de 1996. Sus hijos tenían entonces 16 y 13 años. Habían acudido al camping junto a un matrimonio amigo y sus hijos. Era la primera vez que se alojaban en Las Nieves, aunque Paco llevaba años recorriendo los Pirineos y practicando camping.

“Arrasó con todo”

Paco recuerda perfectamente dónde estaba aquel 7 de agosto. Se encontraba en un remolque tienda situado junto al edificio de servicios del camping. Esa ubicación, explica, fue determinante para que él y parte de su familia pudieran refugiarse.

Su hijo, mientras tanto, estaba jugando al ping-pong con la hija pequeña del matrimonio amigo. Cuando llegó la riada, pudieron refugiarse en la zona del bar. “Fue bastante rápido y arrasó con todo”, recuerda. Y lo que llegó no fue únicamente agua. “Era barro, rocas, todas las piedras”.

Donde antes había césped y los niños jugaban al fútbol, después de la riada solo quedaron piedras y barro. Al principio, los supervivientes todavía no eran conscientes de la magnitud de la tragedia. Después comenzaron a escuchar voces y salieron de los lugares donde se habían refugiado. “Nos bajamos, coches volcados, con cadáveres dentro… En fin, muy, muy traumático”.

La riada se produjo pasadas las siete de la tarde. Todavía había luz. Después llegó la noche y comenzaron a llegar las primeras personas que acudieron a ayudar. Paco recuerda especialmente la respuesta de los vecinos de Biescas y posteriormente la llegada del Ejército. Aquella noche la pasaron en el polideportivo.

El coche apareció al otro lado de la carretera

El agua también se llevó por delante todo lo que tenían. Su Renault 21 terminó completamente destrozado y apareció al otro lado de la carretera. “Eso es lo de menos. Nosotros tuvimos la suerte de que salimos sanos”, insiste.

Pero no todos tuvieron esa suerte. La mujer del matrimonio con el que habían acudido al camping falleció en la tragedia. Uno de sus hijos resultó gravemente herido. Paco tuvo que acudir posteriormente a reconocer a la mujer en una nave de Jaca donde se encontraban algunos de los cuerpos. Es uno de los recuerdos que todavía hoy le cuesta verbalizar.

Treinta años después, el antiguo camping permanece en silencio. Ya no hay familias instalando sus tiendas, niños jugando al fútbol ni caravanas ocupando las parcelas. Solo algunos visitantes se acercan estos días para conocer el lugar y recordar lo ocurrido.

Para Paco, regresar tiene también algo de viaje personal. “Me apetecía venir solo”, repite.

Quizá por eso ha decidido no avisar a su familia. Quería enfrentarse de nuevo a aquel lugar sin compañía, recorrerlo a su manera y comprobar qué queda hoy de aquel camping en el que pasó unas vacaciones con sus hijos y del que salió con vida mientras 87 personas no pudieron hacerlo.

Este viernes, cuando se cumplen tres décadas de aquella tarde, los nombres de todas ellas volverán a estar presentes en Biescas. El memorial seguirá en silencio, frente a un espacio que ya no se parece al camping de 1996, pero que continúa guardando una historia que el tiempo no ha conseguido borrar.


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