Comunicanza

‘La adolescencia, esa gran desconocida’, por Loreto Orduna

PSICOLOGÍA

Adolescencia, esa gran desconocida. Esa que todo el mundo etiqueta como rebelde, intensa, hormonal, agotadora… ¡Ays, que paciencia con ellos… y ellos con nosotros!

La adolescencia es una de las etapas más trascendentales de la vida, en la que el cerebro experimenta una serie de cambios y conexiones que suponen un antes y un después para la persona. Un periodo en el que los chavales se encuentran sumidos en fases que viven en forma de duelo.

Por un lado, el duelo de su infancia, ya que, sin comerlo ni beberlo, no se sienten niños ni niñas y deben decir adiós a su cuerpo de siempre y aceptar su nueva imagen, conocerla, identificarla, sentirse a gusto con ella e integrar que nunca volverán los días de inocencia, estabilidad interior y seguridad al lado de sus padres.

Y, por otro lado, la sensación de no pertenecer ni al mundo infantil ni al mundo adulto, teniendo en cuenta, además, que a veces: los padres se quejan, los familiares se quejan, los profesores se quejan… Se sienten en tierra de nadie.

Cambios de humor, inseguridades

Es un periodo difuso, extraño, confuso y con muchos cambios de humor, lleno de inseguridades y miedos, en el que necesitan profundamente a sus padres y a la vez llegan a odiarlos. Tienen claras sus metas y a la vez no saben nada, están bien y mal al mismo tiempo, necesitan soledad absoluta y sienten casi rechazo hacia sus padres, pero también necesitan muchos abrazos, conversaciones, entendimiento, respeto y amor que no se atreven a pedir. ¡Inestabilidad pura!

Dentro de todo este vaivén cerebral, y por ende psicológico y emocional que tienen los adolescentes y que es muy difícil de llevar, con quien más seguros se sienten es con sus amigos. La vida social es lo más importante para ellos, pero no porque sean rebeldes, estén de pavo subido o no quieran relacionarse con sus padres. Simplemente porque sus amigos son sus iguales, están en su misma etapa y son las únicas personas con las que se sienten cien por cien ellos mismos. Las sensaciones de no pertenecer a nadie y de desprotección se disipan de golpe estando en su grupo, allí todos son iguales; a pesar de sus diferencias, en grupo se sienten, por fin, libres.

Además, al no vivir en el mismo hogar y tener cada uno familias distintas, su lugar común suele ser el espacio público, la calle, los parques, un banco… Y de ese espacio hacen su hogar, un hogar en el que se sienten mejor que en ningún otro sitio.

El confinamiento

Y allí que vamos… durante el confinamiento no han tenido nada de esto, por eso han pasado por momentos emocionales difíciles, autoexcluidos en su habitación para poder hablar con sus amigos online, deseando reunirse con ellos, haciendo planes y contando los días para volver a sentirse en conexión con alguien… (bueno, bueno eso también lo desee yo…).

Los adolescentes necesitan estar con chicos y chicas de su edad tanto como comer, dormir y beber agua. Por ello, al haber estado privados de esta compañía, cuando han visto una pequeña salida, se han lanzado sin ver más allá.  Es como cuando llevas comiendo acelgas durante dos meses y de pronto ves un buen filete con patatas. La dieta se acaba, sin mirar atrás, sin mirar lo saludable o no de las acelgas de antes ni del filete de ahora, así, de repente… ciao ciao dieta!!!

En las últimas semanas, ha habido jóvenes (no todos los adolescentes de nuestro país) que han asistido a botellones una vez han podido salir, y esto no es más que el resultado de un confinamiento en el que no se ha pensado en ellos… Han aguantado dentro de casa, han aceptado no tener horarios a los que acogerse y no ser tenidos en cuenta (ni a ellos ni sus necesidades cerebrales) y han sufrido mucho…

Porque sí, un adolescente dentro de casa, a veces, es alguien que sufre, que vive estados emocionales depresivos, que se siente solo, aburrido, perdido, sin el “hogar” que le procuran sus amigos.

Para poder entender la adolescencia, sus necesidades y virtudes, dejemos de juzgarla. Sí, seamos realistas, han realizado botellones en vez de a las 21.00 de la noche a las 16.00 de la tarde y han salido en grupos de más de cuatro y se habrán quitado las mascarillas para fumar o besarse. Pero, sin ser especialista pero si con juicio crítico, no van a ser los responsables del rebrote pandémico (sólo hay que saber determinadas decisiones administrativas o acotar mejor la edad de los adolescentes, en fin…).

Empecemos a pensar en ellos como otros de los protagonistas del confinamiento, porque lo han sido. Podemos comenzar a estudiar lugares en nuestras localidades que puedan ser adaptados a ellos, a su necesidad de estar en grupo, y que puedan usar. Aportemos como madres, padres y profesionales una buena educación adolescente en la que no necesiten del alcohol para divertirse y amarse a sí mismos, la aprobación constante de sus iguales para aprobarse a sí mismos.

Los adolescentes no son adultos. Los adultos somos nosotros, los que debemos guiarlos en vez de ponerles piedras en el camino.

Pero sobre todo respetemos su etapa y dejemos de etiquetarla, llenemos de dosis de paciencia y participemos de ella.

 

Por Loreto Orduna Pérez

Psicóloga sanitaria. Psicóloga infanto juvenil

 

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